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Entre el Hospital Donostia y el Mount Meru de la ciudad tanzana de Arusha, al norte del país africano, existe una diferencia casi sideral que daría por sí solo para escribir un libro de varios tomos. «Todo aquí es muy distinto. Hay muchas cosas, tecnología... Había oído lo del robot para realizar operaciones, pero es la primera vez que lo veo». Así de sorprendidos se muestran Sarah Reuben, de 45 años, y Japhet Emmanuel, de 30, dos enfermeros de Tanzania que se encuentran en estos momentos realizando una formación de seis semanas en Gipuzkoa en instrumentación quirúrgica, anestesia y manejo del dolor postoperatorio. «Esto está superando todas nuestras expectativas. Es mejor de lo que hubiésemos podido imaginar», confiesan.
Ella es enfermera instrumentista y él, anestesista –en Tanzania ofrece este servicio el personal de enfermería y no los médicos, como en España–. Acaban de completar su quinta semana de formación en el territorio gracias a la colaboración del Hospital Universitario Donostia (HUD) y al Colegio Oficial de Enfermería de Gipuzkoa (COEGI), que desde 1997 destina el 0,7% de su presupuesto anual a proyectos realizados por ONGs y asociaciones sin ánimo de lucro. Este año esa donación, que asciende a casi 9.000 euros, ha ido a parar a la organización Kili Clinicians Association (KCA), integrada por profesionales de la salud que tiene como objetivo ofrecer apoyo asistencial, docente e investigador al norte del país africano, y que son los encargados de sustentar la estancia de Sarah y Japhet en Gipuzkoa para que, a su vuelta, puedan aplicar todo el conocimiento que han ido adquiriendo estos días. Dolors Icart, enfermera del HUD y vicepresidenta de KCA, es la encargada de hacer las veces de mentora.
Los dos provienen del hospital Mount Meru, un antiguo complejo construido en 1926 como hospital militar para tratar a las víctimas de la Primera Guerra Mundial durante la colonia del África Oriental Alemana, también conocida como Tanganica, que incluía, además de la mayor parte de Tanzania, los actuales estados de Ruanda y Burundi. «Allí todo es muy diferente», tratan de explicar en un perfecto inglés. «Hay muchos pacientes que atender, pero estamos poco personal y tenemos muy pocos recursos», añaden. El hospital apenas cuenta con 200 enfermeros y algo menos de 500 camas para atender a una población de más de 2,3 millones de habitantes, que comprende la propia población de Arusha y varias regiones vecinas, una zona multicultural con ciudadanía mayoritariamente tanzana que convive también con población africana, árabe-tanzaniana e india-tanzaniana, además de una pequeña población minoritaria europea y norteamericana. Una región donde conviven el cristianismo, el islam y el hinduismo.
Arusha está ubicada en el extremo oriental de la rama este del Gran Valle del Rift, y gracias a su proximidad con algunos de los parques naturales más bellos del mundo –el parque nacional del Lago Manyara, la garganta de Olduvai, el parque nacional de Tarangire, el monte Kilimanjaro– a menudo es considerada la capital mundial del safari. «Tenemos muchos accidentados y eso nos obliga a suspender muchas operaciones para atender las urgencias. Pero no todo el mundo tiene la posibilidad de acceder a lo sanidad, solo el que tiene dinero. El Gobierno atiende las urgencias, pero el paciente tiene que pagar antes de abandonar el hospital», explican.
Sarah Reuben
Enfermera
La falta de medios materiales es uno de los principales caballos de batalla a los que estos dos profesionales sanitarios se tienen que enfrentar en su día a día en Tanzania. «Tecnológicamente tenemos poco. No tenemos un aparato de rayos X en un quirófano de trauma.En anestesia, por ejemplo, aquí cada paciente tiene su tubo endotraqueal para dormirle. Allí, cuando desintubamos a un paciente, lo limpiamos para el siguiente», señala Japhet, que estos días aprende junto a los facultativos del Hospital Donostia a realizar anestesias locorregionales, aquella que se administra en una determinada zona con el objetivo de adormecerla y eliminar el dolor a la hora de intervenirla. «En Arusha solo utilizamos general, aunque sea para operar un tobillo», admite. Tampoco cuentan con bombas de infusión o desfibriladores en los cuatro quirófanos con los que cuenta el hospital de su país de procedencia, demás de tener un alto déficit de fármacos anestésicos o equipos inadecuados para las vías respiratorias.
A Sarah una de las cosas que más le están sorprendiendo son los guantes de látex. «Las enfermeras del hospital los tiran a la basura cada vez que hacen una técnica, nosotras nos los guardamos para utilizarlos todo el día», reconoce esta enfermera instrumentalista, cuya función es fundamental para que un equipo quirúrgico trabaje de forma eficaz y realice operaciones exitosas.
La medicina siempre ha sido la principal vocación de estos dos tanzanos desde que eran muy pequeñitos. Ella pertenece a una tribu masái donde «mucha gente moría por enfermedades», lo que despertó algo dentro deSarah. «Siempre tuve la ilusión de ser una especie de embajadora para enseñarles y saber tratar a las personas con los medicamentos adecuados», verbaliza rememorando su infancia en un pueblo marcado eminentemente por curanderos que utilizan elementos naturales para curar medios tanto físicos como espirituales.
Japhet Emmanuel
Enfermero
Él supo que quería dedicarse al mundo sanitario cuando todavía iba al colegio. «Todos los días al salir de clase y en el camino a casa pasaba por delante de un dispensario –una especie de Punto de Atención Continuada–. Me asomaba y pensaba: 'yo quiero estar ahí'. En ese momento nació algo dentro de mi corazón para trabajar curando a la gente», explica Jahpet, que más tarde se decantó concretamente por la enfermería cuando se percató que «había muchos pacientes y un déficit de anestesistas».
El objetivo de ambos es poder aplicar en el hospital Mount Meru todo el conocimiento que están adquiriendo estos días en Gipuzkoa gracias a la colaboración del Hospital Donostia, el COEGI y la asociación Kili Clinicians Association, a los que mandan un sincero agradecimiento por la oportunidad que les está brindando. «Queremos utilizar todo lo que estamos aprendiendo para enseñarles allí a otros compañeros y poder así ayudar a los tanzanos y a todas las personas en general», reivindican.
Sarah Reuben y Japhet Emmanuel están descubriendo muchas cosas por primera vez durante su estancia en Gipuzkoa. Una de ellas es el mar, que hace unos días pudieron comprobarlo con sus propios ojos en una ruta por la costa guipuzcoana entre Zarautz y Getaria que realizaron junto a Dolors Icart, vicepresidenta de la asociación KCA. «Todo es alucinante y muy diferente a lo que estamos acostumbrados a ver en Tanzania. La ciudad está muy limpia y está todo muy bien organizado», señala el anestesista. A ella le sorprendió el tren, que conocieron por primera vez el domingo.«Ponía que iba a llegar a una hora, y llegó a esa hora, puntual. Y que la gente en la calle respete las señales...», señala sin salir de su asombro.
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