«Siento una gran tristeza porque no sé si me voy a curar»
Amaia Azarola ·
Le aterra sentir la falta de aire. «Notaba que se me cerraban los pulmones, eran segundos pero yo no sabía si me iba a ahogar», describe esta donostiarra, afectada de Covid persistente desde hace 11 meses, cuando se contagió
Patricia Rodríguez
Domingo, 28 de febrero 2021, 00:23
Amaia Azarola acaba de cumplir 54 años pero se siente atrapada en el cuerpo de una persona de 80. Desde que se contagió de coronavirus a mediados de marzo no ha vuelto a ser la misma y después de 11 meses de la primera PCR positiva, sigue arrastrando los síntomas de una enfermedad con la que cada vez le resulta más complicado convivir. «Tengo dificultad para respirar, dolores de cabeza, malestar general y muchas lagunas», describe esta donostiarra.
Forma parte del colectivo Covid persistente Euskal Herria, una agrupación de afectados que como ella, se contagiaron con coronavirus en la primera ola y aún padecen síntomas. Han contabilizado hasta 200. A muchos ni siquiera les practicaron una PCR para confirmar su diagnóstico, algo que por aquel entonces no resultaba tan extraño. «Yo empecé a sentirme mal en marzo, como si estuviera incubando una gripe, tenía mucha fiebre. Me mandaron aislarme en casa por si tenía el Covid pero no fue hasta el 6 de abril cuando me realizaron la prueba, por precaución, porque mis hijos trabajan en residencias de ancianos. Di positivo», explica esta donostiarra con cierto atropello.
«Noto que me es difícil concentrarme e igual estoy hablando y me quedo en blanco»
Según comenta, muchas veces empieza una frase y le cuesta seguir el hilo. «Noto que me es difícil concentrarme e igual estoy hablando y me quedo en blanco y no tengo ni idea de lo que estaba diciendo», describe, aunque «para mí lo más grave es la respiración».
Los primeros días de contagio no los pasó «tan mal», pero el día de Jueves Santo comenzó a sentir la falta de aire. «Me levanté mareada y como que me ahogaba, y al día siguiente igual. Llamé al ambulatorio y me mandaron una ambulancia para el hospital, me hicieron una placa y tenía neumonía así que me ingresaron. Me pusieron un tratamiento que según me dijeron estaba dando bastante buen resultado y estuve seis días ingresada. Me volvieron a hacer una PCR y seguía dando positivo pero en vez de mandarme a casa estuve alojada en el Hotel María Cristina y después de 21 días, el 5 de mayo salió negativo».
A modo de recordatorio, este emblemático establecimiento quedó en manos de Osakidetza para alojar a sanitarios y enfermos leves de Covid-19 y liberar así camas de hospital. Al rememorar este episodio, a Amaia se le quiebra la voz. Y es que un año después de haberse contagiado, continúa batallando contra el virus que ha puesto patas arriba su día a día.
Dolores de cabeza
El resultado de la PCR resultó negativo y pudo volver a casa pero eso no significó el fin de sus problemas, sino volver a la casilla de salida. «Seguía con dolores de cabeza, notaba que se me cerraban los pulmones por completo. Eran unos segundos pero yo no sabía si iba a durar más y me iba a terminar ahogando».
Su peregrinaje por las diferentes especialidades médicas en busca de una causa que ponga fin a los interrogantes de su expediente empiezan a hacer mella a nivel psicológico, porque según comenta, «me hacen pruebas y pruebas y los resultados dan bien. El caso es que muchos vamos a cumplir ya el año de baja y están empezando a dar altas y nuestra gran preocupación es tener que incorporarnos al puesto de trabajo, porque no podemos, no estamos bien. Nos sentimos desamparados», se lamenta esta mujer, trabajadora de la limpieza en el Oncológico.
«Es mucho tiempo de dolores y no noto mejoría. Y te entran ganas de llorar»
Defiende que los síntomas del covid persistente «son reales, no nos los inventamos. Hay compañeros a los que les mandan al psiquiatra por ansiedad o depresión y de eso nada». A pesar de que cuenta con el apoyo de su entorno así como de los médicos que le están atendiendo, reclama una mayor visibilización hacia este colectivo. De alguna forma se contenta con el reconocimiento de la enfermedad por parte de la OMS así como el trabajo que desarrolla la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) para que estos afectados tengan «una atención básica», señala, aunque añade que «falta mucho por hacer aún».
Mientras tanto, tan solo espera volver a tomar las riendas de su vida y despejar esa incógnita que le impide dormir tranquila cada noche. «Siento una gran tristeza porque no sé si me voy a curar o no. Es mucho tiempo de dolores y no noto mejoría. Y te entran ganas de llorar», expresa.
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