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El coronavirus para el Bar Bukoi de Astigarraga
9- La lucha de los bares

«Vamos a resistir hasta la meta; toda nuestra vida está en este bar»

Ángel Fretes e Iana Aculova ·

El 23 de noviembre de 2019, celebraron la inauguración del Bukoi. Este bar de Astigarraga era (y es) el «proyecto vital» para esta pareja con dos hijos pequeños. Al poco de abrir la persiana, «todo el plan se desmoronó por la pandemia»

Oskar Ortiz de Guinea

San Sebastián

Domingo, 28 de febrero 2021

Si algo ha enseñado la vida a Iana Aculova (Moldavia, 39 años) y Ángel Fretes (Paraguay, 36 años) es a no mirar demasiado atrás. La vida es hoy, y los días por venir. «Es duro dejar la familia en tu país y empezar en otro lugar». Una vez que se toma la decisión, «tiras para adelante». Es lo que tratan de hacer desde que decidieron «invertir todos los ahorros» para tomar las riendas del bar Bukoi, en Astigarraga, donde han nacido Erik, de casi 6 años, y Alex, de 1.

Iana dejó Moldavia para tratar de recuperarse en Milán de la lesión de rodilla que le dejó sin los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Corría 400m vallas, pero tras dos años en Italia no pudo enderezar su carrera. Tampoco regular su situación como residente, algo que sí logró aquí en 2008, «porque el Gobierno de Zapatero dio más facilidad». Sin hablar «más que ruso e italiano», encontró empleo en la sidrería Oianume de Urnieta. Allí conoció a Ángel, que había llegado a Euskadi dos años antes. «Estudié dos años diseño web en Buenos Aires. Un amigo argentino se vino aquí, y un día me mandó un email animándome a venir, porque había trabajo en hostelería».

Tras pasar por varios establecimientos, volvieron a coincidir en el Bukoi. Ángel ejercía como camarero extra, pues de lunes a viernes trabajaba en la planta de Mercedes en Vitoria. «Me gustan los coches, así que era feliz. El problema era ir y volver cada día».

En 2019, el entonces dueño del Bukoi les ofreció relevarle. «Conocíamos el bar, y sabíamos que con trabajo e ilusión iba a funcionar». Tres meses después de nacer Axel, el 23 de noviembre de 2019, levantaron la persiana de su «proyecto de vida». El covid aún no había irrumpido. Incluso sonaba como «algo lejano que nunca llegaría aquí» cuando Ángel, el 31 de enero de 2020, dejó su puesto fijo en la Mercedes porque hacían falta manos en el bar y las horas en la carretera hacían imposible conciliar ikastola, piscina, musika eskola... «Si en vez de en Vitoria hubiera trabajado en Donostia, habría seguido, porque era un buen trabajo y el sueldo nos daba más tranquilidad».

Pusieron todos los huevos en la cesta del Bukoi, que desde el 20 de enero veía cómo ganaba temperatura la temporada del txotx, fundamental para cuadrar sus cuentas anuales. Pero en la mejor época, marzo, irrumpió la pandemia y «todos nuestros planes de darle la vuelta al bar, se desmoronaron». Al principio no fueron conscientes de ello. «Pensábamos que el cierre duraría 15 días, o un mes. Nadie imaginaba que un año después estaríamos esperando unas vacunas».

«El segundo cierre sí que pesó»

No se vinieron abajo. «De pronto nos vimos en ERTE, y había que pagar los alquileres del bar y la casa, la ikastola... Sientes la presión de las facturas, pero intentábamos no hablar de eso y centrarnos en que algún día abriríamos la persiana». Cuando lo hicieron, debieron modificar algo el concepto del local. «Éramos más un bar de copas, pero las restricciones de horario nos hicieron trabajar más el día con pintxos y raciones», que cocina la hermana de Ángel, Sonia. La noche se acabó, pero volvían a ver el sol... hasta que se apagó en noviembre. «Ese segundo cierre sí que pesó. Siempre habíamos sido positivos, pero aún no nos habíamos recuperado del primero y tener que cerrar otra vez fue el peor momento. Nuestra vida estaba invertida en el bar, y la incertidumbre era total». Pero, de nuevo, miraron al frente. «Lo hablamos, y decidimos aguantar hasta el final. Cuando acabe la pandemia, valoraremos en qué condiciones hemos llegado a la meta y si podemos seguir. Hasta entonces, toca resistir. Nosotros, y todo el sector, porque hay muchos proveedores afectados».

Tras la Navidad, solo debieron cerrar del 5 de este mes, cuando Astigarraga entró en zona roja, al 9, cuando el TSJPV reabrió la hostelería. «Esos cinco días ofrecimos café y pintxo para llevar. Era una manera de seguir entretenidos, mantener contacto con los clientes y darles una alegría». Porque están «muy agradecidos a la clientela. La gente es consciente de cómo lo hemos pasado bares y restaurantes, y hemos notado el apoyo de los habituales».

Están muy arraigados a Astigarraga, donde han nacido sus hijos, que hablan euskera, castellano y ruso, y el pequeño Erik le ha propuesto a su aita «enseñarme euskera a cambio de que yo le enseñe guaraní. Ya chapurreamos palabras». En su diccionario asoma una palabra: helmuga.

Un año de pandemia. Siguiente capítulo:

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