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Coronavirus: era el propietario de un clásico de la Parte Vieja de Donostia, bar Dakara, que ha tenido que bajar la persiana
10- Bajar la persiana

«He terminado asqueado de esta situación y he decidido no abrir más el bar»

Luis Plá ·

Era el propietario de un clásico de la Parte Vieja, el bar Dakara, que tras casi 10 años ha tenido que bajar la persiana por no poder hacer frente a las restricciones de la pandemia

Estrella Vallejo

San Sebastián

Domingo, 28 de febrero 2021, 00:25

Al igual que sucedió a muchas personas dedicadas a la hostelería el pasado año, llegó un momento en el que Luis Plá solo veía dos opciones: «Arruinarme trabajando 24 horas y sin ver a mi familia o arruinarme igualmente, pero estando en casa con mis hijas». Ha optado por la B.

A mediados de diciembre, cuando bares y restaurantes pudieron reabrir después de un mes con la persiana echada, como medida obligatoria para contener la segunda ola que arremetió con fuerza contra Gipuzkoa, el propietario del bar Dakara, de la Parte Vieja de San Sebastián, ya advertía de que las normas para la hostelería estaban siendo un 'café para todos' sin tener en cuenta las particularidades de cada establecimiento, y que ese constante «arranca, para, arranca, para» al que se veían condenados desde marzo, estaba haciendo polvo a la hostelería. Y no lo decía por decir.

Apenas un mes después de que este hostelero hiciera aquellas declaraciones a este periódico, tuvo que tomar la difícil decisión de echar la persiana de su local de forma permanente, y despedirse del que había sido su segundo hogar desde hacía casi diez años.

Los malabares para ofrecer servicio a domicilio o 'take away', para tratar de coger algo de aire durante los sucesivos periodos de cierre, no fueron suficientes, aunque reconoce que la gota que colmó el vaso tuvo un cariz más psicológico que económico. «A mediados de diciembre nos dejaron abrir de nuevo, pero entonces empezamos con la amenaza de que si superábamos los 500 casos por cada 100.000 habitantes teníamos que cerrar». La tasa de incidencia acumulada de los contagios se sumó así al listado de limitaciones de aforo y horario con las que el sector lleva conviviendo desde que estallara la pandemia.

En ese momento, «decidimos hacer un parón por vacaciones, y visto que teníamos todo arreglado con los trabajadores, que a algunos se les terminaba el contrato, mi mujer y yo tomamos la decisión de no abrir más», relata. «No me iba muy bien, pero me iba. De hecho, había conseguido salvar el año, pero ya estaba sin energía. Al final ha sido más una cuestión de desgaste psicológico de lo vivido todos estos meses, que económico. Siempre hemos estado al pie del cañón, trabajando mucho, pero esta situación desgasta mucho».

El momento más difícil fue cuando comunicó a los trabajadores y a su entorno que el Dakara tenía los días contados. «Da pena, porque ahí hemos vivido muchas cosas. En estos casi diez años ha habido bodas, niños, noviazgos... De todo. Y cuando se hizo público que cerrábamos, nos empezaron a llegar mensajes de clientes, contando anécdotas que habían vivido en nuestro bar y diciendo que nos echarán de menos... Ahí te das cuenta de que no es solo un negocio, sino que es un lugar con su personalidad, y que la gente recuerda con cariño».

En el paro

El 2020 ha sido un año para olvidar. Al inicio de la pandemia, recuerda, «no sabía qué hacer». Tras los meses de confinamiento domiciliario, cuando comenzó la desescalada, «te llamaba el dueño del local para ver qué ibas a hacer, y al final pues abrías, pero a verlas venir». Plá recuerda que aquel arranque a mediados del año pasado «fue como abrir el negocio otra vez, pero sin manos y sin piernas».

Ahora, Luis y su mujer encaran el 2021 con la misma incertidumbre con la que cerraron el 2020, pero con la salvedad que «si antes éramos nosotros los que dábamos trabajo, ahora lo tenemos que buscar, pero no me preocupa en exceso».

Comenta que él «solo quería que me dejaran trabajar, nada más» y que si no solicitó las ayudas que se anunciaron es porque está convencido de que «luego vendría la segunda parte». La realidad, a día de hoy, según cuenta, es que tras cesar su negocio el pasado 31 de enero, «mis trabajadores están protegidos, pero los que estamos desprotegidos somos mi mujer y yo, porque al ser autónomos, para recibir ayuda por cese tenemos que declarar pérdidas. Me dicen que en 2020 he ganado dinero, ya me dirán en dónde», reprocha con cierto hartazgo. Está a punto de empezar con una retahíla de críticas por el cobro de tasas durante los cierres, entre otras cuestiones, pero se detiene. «Tengo mil quejas, pero ya no merece la pena».

Un año de pandemia. Siguiente capítulo:

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