
«He estado meses encerrada en la habitación»
Miren Salaberria ·
Tiene 87 años y vive en una residencia. No ha padecido el Covid, «pero como si me hubiera contagiado». El severo aislamiento ha marcado a los centros para blindarse del virusSecciones
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Miren Salaberria ·
Tiene 87 años y vive en una residencia. No ha padecido el Covid, «pero como si me hubiera contagiado». El severo aislamiento ha marcado a los centros para blindarse del virusVa a hacer un año desde que Miren Salaberria no ha abrazado a nadie. Tiene 87 años y vive en el centro de mayores Hermano Garate de San Sebastián, donde ha pasado toda la pandemia. Está «estupenda». Se siente «agradecida» de la labor del personal, pero la crisis sanitaria se le está haciendo «muy larga. No he cogido el Covid-19, pero como si me hubiera contagiado. He estado meses confinada en mi habitación» explica en la terraza de la residencia, adonde ahora sale «sin miedo» después de haber recibido ambas dosis de la vacuna de Pfizer-BioNtech. Hasta hace poco, sin embargo, su actitud frente al virus era diferente. Si podía evitar estar rodeada de mucha gente, mejor. Si para eso debía estar más tiempo en su habitación, se hacía «sin ningún problema».
Las severas condiciones de aislamiento en las residencias han marcado este año de pandemia en los centros que han buscado a toda costa blindarse ante el virus. El duro golpe que supuso la primera ola, con 168 fallecidos en los geriátricos, todavía duele. La segunda ola ha sido también dura. Hoy, la vacuna es la mejor medicina. Pero nadie olvida.
En la residencia en la que vive hubo contagios y también hubo que lamentar muertes. «Cada vez que había un nuevo infectado nos teníamos que encerrar en las habitaciones», explica Miren un tanto resignada. «Me parecen medidas adecuadas. Es lo que hay que hacer para contener el virus, pero cuando se acumulan tantos confinamientos seguidos se hace duro. Parece el cuento de nunca acabar».
Por ejemplo, podía terminar una cuarentena de dos semanas que si a los tres días el centro sumaba un nuevo caso tenía que volver a aislarse. Tuvo mucho tiempo para pensar. En total, estuvo «más de dos meses encerrada. No sé calcularlo porque fue intermitente, pero a mí se me ha hecho larguísimo». Mientras recorría las cuatro paredes de su habitación, que en su caso está formada por una pequeña sala de estar, un baño y una terraza, pensaba en sus compañeros. «Me acordaba del resto de la gente y, en realidad, me sentía una afortunada. Tengo mucho espacio en mi cuarto y estoy sana. ¿Qué más puedo pedir?». Ha aprovechado ese tiempo para leer, que le «encanta», y también ha aprendido a usar la tablet. «Me enseñó el psicólogo del centro y es lo mejor que he podido hacer. Ahora sé buscar cosas en internet o hacer una videollamada para ver a la familia». Sobre todo, a sus hermanas y sobrinos, con quienes tiene pendiente una comida en cuanto la situación se calme. «No sé si los sobrinos podrán venir por trabajo, pero con mis hermanas me junto seguro».
Ha tenido que comer sola en muchas ocasiones. El desayuno siempre se lo llevan a la habitación, «también cuando no había Covid», pero la comida y la cena las solía disfrutar junto a sus compañeros. Durante los aislamientos, en cambio, «todo se hacía en el cuarto». Precisamente esa soledad ha sido lo «más duro» para Miren. «Estar encerrada sin nadie tanto tiempo no es fácil. Yo soy muy independiente y antes de venir a vivir a Hermano Garate ya estaba sola, pero no es lo mismo», apunta.
Con las visitas y las salidas restringidas durante meses, la tablet y las videollamadas han sido su válvula de escape. De todas formas, «echo mucho de menos abrazar a mis hermanas. También a algunos compañeros. En muchas ocasiones me han tenido que recordar que no podía acercarme tanto a otros usuarios porque, al verles tristes, inconscientemente me he arrimado a animarles. A veces te apetece hacerles una caricia o abrazarles y no puedes. Es una pena».
Miren cumple las medidas «a rajatabla» y no se ha contagiado, pero a su alrededor ha visto a mucha gente enfermar. «Sientes pena, pero no miedo. Puedo parecer inconsciente pero con el miedo no se llega a ningún lado», argumenta. La «tristeza» también tocó a la puerta con las trabajadoras. «Cuando las vi con los EPI la primera vez me impactaron porque no paraban. Han estado al pie del cañón y lo han pasado muy mal».
Más que al propio coronavirus, Miren teme que no se puedan recuperar las viejas costumbres. «Imagínate que la nueva normalidad haya venido para quedarse. Eso sí que me da miedo, que tengamos que aprender a vivir de otra manera, más distantes, fríos o sin apenas visitas y salidas de las residencias».
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