
«Todos empezaron a comprar paracetamol»
Maialen Aramburu ·
La farmacéutica revive los primeros días «de miedo e incertidumbre», cuando tener una mascarilla y unos guantes parecía cuestión de vida o muerteSecciones
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Maialen Aramburu ·
La farmacéutica revive los primeros días «de miedo e incertidumbre», cuando tener una mascarilla y unos guantes parecía cuestión de vida o muerteLo vio venir. Maialen Aramburu fue una de esas personas que, a pesar de las declaraciones oficiales, de frases como aquella famosa de 'España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado', tenían claro que el virus no iba a pasar de largo. «Yo sí que era consciente de que iba a venir algo muy serio. No sabía muy bien su envergadura, pero lo veía».
La bola lejana que había nacido en China fue creciendo y ya estaba en Italia cuando Maialen empezó a prepararse para afrontar el primer golpe de la pandemia. «Conseguí mascarillas, guantes y pantallas protectoras. Lo hice rápido porque era consciente de lo que podía venir. En eso fui previsora», dice.
Con su farmacia del barrio donostiarra de Bidebieta preparada, Maialen y Arantxa Unanue, su compañera en el establecimiento, aguantaron la embestida de la primera ola, cuando nadie sabía muy bien lo que sucedía y la sombra del confinamiento era una amenaza cada vez más cercana. Comenzó así para ellas un año extenuante. «Tras los primeros meses acabamos hechas un trapo, estábamos agotadas física y psicológicamente, habíamos tocado el fondo de nuestras fuerzas».
Los primeros días fueron una locura. «Las mascarillas se acababan enseguida, había desabastecimiento. Habíamos guardado algunas para nosotras y a través de un amigo conseguí unas pocas más. Cada uno se buscaba la vida como podía», dice. También había escasez de guantes y termómetros, que se agotaban en cuanto se ponían a la venta. «Aunque poníamos carteles fuera para avisar de que no teníamos existencias, la gente llamaba sin parar, el teléfono estaba todo el día sonando».
Ante la falta de estos productos, que de casi anónimos habían pasado a ser considerados como elementos imprescindibles para sobrevivir, fue necesario priorizar. «Cuando empezaron a llegar se las entregábamos primero a grupos de riesgo como gente mayor o trasplantados. No todos lo entendían, pero el final debes tener en cuenta el riesgo de cada persona», afirma Maialen.
Eran días de miedo. Nadie sabía a qué nos enfrentábamos y los servicios sanitarios avanzaban hacia el colapso. Llegó el confinamiento, las calles se vaciaron y en la mente de todos cobró forma la palabra apocalipsis. Había muchas preguntas pero pocas respuestas. «Preguntaban sobre el Covid, por cómo se transmitía, el tiempo de incubación, los tratamientos... Teníamos que buscar información, fue como recibir en poco tiempo un curso acelerado de mascarillas y transmisión de virus. Venían a la farmacia llamaban por teléfono o preguntaban por 'whatsapp'. Muchos querían saber como había que ponerse las mascarillas, si con el hierro para arriba o para abajo, o si lo blanco iba por fuera».
Como los centros de salud no atendían presencialmente, las farmacias se convirtieron en un sustituto de las consultas médicas. «Te consultaban de todo. Al final la gente quiere que le atiendan en persona, necesita relacionarse con alguien. Las farmacias somos el primer punto de contacto con los pacientes, muchos vienen aquí antes que al ambulatorio», asegura Maialen.
El desconocimiento y la incertidumbre provocó reacciones sorprendentes en los ciudadanos. En las farmacias ocurrió algo parecido al ansia por hacerse con papel higiénico en los supermercados, pero en esta ocasión el protagonista fue un medicamento bastante común. «En algún sitio dijeron que para paliar los síntomas del Covid era bueno tomar paracetamol y todo el mundo comenzó a comprarlo hasta que se empezó a agotar. También hubo un bulo que decía que el ibuprofeno era perjudicial y la gente dejó de comprarlo».
La pandemia se mide con números y tasas de incidencia, pero desde las farmacias también se mide por lo que se vende. Tras las mascarillas y paracetamoles llegaron en invierno las ausencias. «Con todas las medidas de protección no ha habido gripes ni catarros. Nadie pide jarabes para la tos, Frenadol o pastillas para la garganta», dice Maialen. Dentro de lo que cabe, fue una buena noticia, pero quizá solo se trató de un paréntesis. «Con el uso de las mascarillas vemos ahora muchos problemas de piel como acné o infecciones cutáneas. También vemos cuadros de depresiones y ansiedad. La próxima pandemia va a ser de salud mental».
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