«En las residencias hemos pasado mucho miedo e impotencia»
Laura Miguel ·
Hace un año, esta trabajadora de la residencia Lamourous de Donostia no sabía lo que era un EPI. Ahora es como su segunda piel. 322 mayores han fallecido en los gierátricos, ha sido «muy duro»
Está «cansada». Desde que el Covid llegó a Euskadi, Laura Miguel no ha parado. «Ha pasado un año, pero parece que ha sido más tiempo. Si me dicen en febrero de 2020 lo que nos esperaba vivir, no me lo hubiera creído», admite esta trabajadora social de la residencia Lamourous de Donostia. Han sido meses «muy duros» para los centros de mayores, donde el personal ha afrontado la pandemia «con mucho miedo y responsabilidad». Hace apenas un año Laura no sabía lo que era un EPI (equipo de protección individual). Ahora, se ha convertido en su segunda piel. Es de las armas más importantes que tiene para prevenir la transmisión del virus. «Ya forma parte de mí. Puedo decir de carrerilla para qué sirve y cómo se usa», ríe ya un poco más tranquila al estar vacunada contra el «maldito 'bicho'».
Recuerda los primeros días de pandemia a la perfección. «Fueron muy raros. Empecé a ir a trabajar andando porque no quería contagiarme en el autobús. Impresionaba mucho ver todo vacío. Tenía que ir a trabajar, pero con mucho cuidado. No podía meter el virus en el centro». Los primeros contagios y fallecidos estaban por venir -Lamourous ha tenido 31 positivos y cinco fallecidos, todos en la segunda ola-, pero el peor momento, el de «cerrar el centro», ya había pasado. Sin embargo, aún «nadie podía creerse lo que estaba sucediendo. Había que seguir atendido a las personas y familias, pero no sabíamos bien cómo. ¿Qué teníamos que hacer? Todo era nuevo». Las mascarillas, los EPI, la distancia de seguridad en un colectivo que, en muchos casos, no comprende lo que sucede... «Fue muy difícil», aunque no más que los días en los que tenían que lamentar fallecidos.
Las residencias han sido fuertemente golpeadas por el virus, que ha dejado 322 muertes desde marzo. Pese a que en estos centros tienen experiencia en lidiar con el final de la vida, nunca antes se habían visto en una situación así. De media, los geriátricos del territorio han registrado más de un fallecido al día, de quien nadie se podía despedir por el riesgo de contagio. «Nadie está preparado para esto», admite Laura, si bien insiste en que pese al «dolor», han intentado en todo momento acompañar al enfermo en sus últimos días. La pandemia ha marcado un antes y un después en estos recursos, que tardarán en recuperarse del impacto emocional que ha dejado el coronavirus.
Antes de que a mediados de marzo tuvieran que cerrar las puertas de la residencia, el equipo de trabajadores de Lamourous ya venía concienciando a los usuarios de posibles restricciones. «Les contábamos lo que estaba pasando fuera y que teníamos que protegernos», explica Laura. Para ella, el del cierre fue uno de los días más complicados de su carrera profesional, sentía que «se les estaba quitando la capacidad de decidir en muchos aspectos». Hasta entonces, en Lamourous, centro que pertenece a la Fundación Matía, habían hecho mucho hincapié en la Atención Centrada a la Persona. «No había horarios de visitas ni salidas. Cada uno hacía lo que le apetecía. De repente, de la noche a la mañana nos tuvimos que cerrar y reinventarnos».
Vídeo. Laura de Miguel relata su experiencia este año de pandemia como trabajadora socio- sanitaria
Ainhoa Múgica y Borja Luna
Hasta conseguir dar con la tecla, pese a que hubo mayores que reaccionaron con «algo de miedo», la mayoría «animaban» a las trabajadoras. «Se ha creado un vínculo muy bonito entre usuarios y el personal. Nos hemos apoyado mutuamente y la relación ha cambiado, se ha fortalecido», subraya Laura emocionada. «Ellos, aunque viven en una residencia, tienen mucha experiencia de la vida». Una mochila que, en muchos casos, guarda historias de la guerra, la postguerra o relatos de cómo siendo aún niños tuvieron que coger las riendas y sacar a flote a su familia.
«Impotencia»
Aunque el día a día en las residencias de mayores ha sido «mucho más complicado» de lo que hubieran deseado, siempre han encontrado un hilo del que tirar para «no perder la esperanza». Cuando los enfermos derivados a los centros de referencia de Eibar y Ordizia regresaban ya curados, les ponían «una música» para la entrada a las instalaciones de Lamourous, y todos los trabajadores del complejo les recibían con aplausos. A Laura le marcaron las palabras de la primera mujer en cruzar la puerta. «Qué bien estar de vuelta en casa», dijo mientras saludaba al personal. «Hubo mucha impotencia y rabia, pero ver cómo te agradecen tu trabajo es increíble».
Si hay algo que echa de menos esta trabajadora es «el sonido de la cafetería y el jaleo que se monta cuando vienen las familias». El día que Laura vuelva a escuchar ese ruido recuperará la tranquilidad que le ha quitado el virus. «Sabemos que hay que ir despacio, pero cuando ves la luz al final del túnel se hace más difícil aguantar».
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