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MIRARI GÓMEZ
Domingo, 13 de diciembre 2020, 10:13
Menos de medio segundo es lo que tarda Google en mostrarnos «aproximadamente» 10,6 millones de resultados para el término 'calculadora del amor'. Test de compatibilidad, medidor del amor verdadero o computador de afinidad son algunos de los eslóganes que rezan las páginas que se muestran en esa búsqueda; y que pretenden hacer creer que se puede predecir qué porcentaje de amor hay entre dos personas valiéndose únicamente de datos tan básicos como los nombres y apellidos o, incluso, del signo del zodiaco. Si acaso fuera verdad que es predecible el amor o el éxito de una relación entre personas, cuestión sobre la que indagaremos a continuación, seguro que se requieren ecuaciones más complejas.
Hablar del amor en estos tiempos modernos poco, o nada, tiene que ver con cómo se gestaba una relación años atrás. Queda en el olvido cualquier comedia romántica en la que Jennifer Aniston y Adam Sandler luchaban contra viento y marea por sortear todo obstáculo que se impusiese en su idilio. En la actualidad, la película sería más bien un cortometraje de unos pocos minutos en los que los protagonistas se conocen, probablemente vía online, se acuestan y, a la mínima dificultad, 'si te he visto no me acuerdo'. Esas relaciones fugaces y sin compromiso han sido definidas por el sociólogo, filósofo y ensayista Zygmunt Bauman con el término 'amor líquido', una radiografía que apunta al miedo al compromiso como una de las causas de la fragilidad de los vínculos humanos del presente y con la que coincide la sexóloga Lorena Berdún.
«La palabra 'compromiso' -observa- está más diluida que nunca; tenemos poca paciencia y, cuando algo no gusta, se desecha con mucha facilidad, sin pararse a reflexionar en qué se ha contribuido para tener ese conflicto. Como el problema casi siempre está en el otro y nos cuesta ver los fallos propios, es más fácil dejarlo y quitarse de problemas». Más allá de conceptos sociológicos, no hay duda de que el cambio en la forma de relacionarnos llegó con la irrupción de las nuevas tecnologías. Y que esta transformación se ha ido haciendo aún más notoria conforme la innovación avanzaba. Hay varios estudios que así lo demuestran.
Un informe de la Universidad de Stanford recoge que los seres humanos encuentran ahora en internet la forma principal de 'fichar' a su media naranja. Según los datos, fechados en 2017, el 39% de las relaciones heterosexuales se fraguó en la red, un porcentaje que en 1995 apenas alcanzaba el 2% y que ha ido incrementándose a pasos agigantados. El dato llega hasta el 65% en el caso de las parejas homosexuales. Además, y a modo de chascarrillo, las relaciones nativas digitales parecen tener mayor éxito; es decir, registran una menor tasa se separación, a tenor de una encuesta de la Universidad de Chicago.
lorena berdún
Al mencionar las nuevas tecnologías se hace alusión, principalmente, a las webs y aplicaciones de citas, así como también a las redes sociales. Roelijne Peters, senior marketing manager de Meetic para Europa, explica que «el 75% de los solteros españoles admite dificultades o falta de tiempo para tener una cita de forma tradicional, por lo que las apps de citas se convierten en la primera solución que viene a la mente para encontrar pareja. Se considera más fácil conocer a alguien online que en la vida real».
Atraídos por la comodidad de la herramienta y por la amplia 'oferta' que recoge, aplicaciones de citas como Meetic no dejan de ganar usuarios gracias a que «permiten a los solteros tener una experiencia más amena y efectiva en su búsqueda de conexiones». En España se han alcanzado los 4,78 millones de usuarios activos en estos servicios, lo que supone el 16% de la población adulta. En Europa, la cifra ha llegado ya a los 32,4 millones. Si todavía no conoce ninguna relación que haya nacido virtualmente, seguro que pronto lo hará. Solo a través de la plataforma Meetic «se han conocido más de ocho millones de personas, produciéndose 600.000 matrimonios y dando lugar, cada mes, a más de 210.000 conversaciones y el inicio de 5.000 historias reales».
En ese sentido, dentro de unos años la respuesta a «¿Cómo se conocieron tus padres?» pasará, muy probablemente, a ser «por internet». Y es que al aumento del uso social de nuevas tecnologías como los servicios de 'dating' y las aplicaciones de 'matchmaking' hay que sumar una diversificación del público con gente joven «que no era el perfil habitual» de estos servicios de citas, apunta Berdún.
No todo es un camino de rosas en la innegable influencia de las nuevas tecnologías en las relaciones humanas. Berdún tiene claro que la tecnología resulta «fabulosa si se usa para hacer la vida más fácil. Pero para el mundo de la pareja puede ser altamente nocivo. Dejar que la tecnología te maneje es terrible para una relación, una enorme equivocación que genera gran dependencia y ansia». Y zanja: «No se puede tener todo controlado y menos a una pareja».
ROELIJNE PETERS
Por ello, esta experta aboga «por trabajar a fondo la educación del buen manejo del mundo digital». Y hace mención especial al sexo virtual o 'sexting'. «Hay que tener muchísimo cuidado con lo que se envía porque una vez enviado, queda fuera de tu control», advierte. Sin aconsejar o no esta práctica, su recomendación es preservar el anonimato y «no enviar vídeos o fotos subidos de tono con la cara. Insinuarse mostrándose por debajo del cuello también tiene su morbo».
La inteligencia artificial y la realidad virtual también se han abierto paso en este mundo con la aparición de robots sexuales inteligentes que, si bien están diseñados para interactuar y dar y 'sentir' placer, «no suplantarán las relaciones entre humanos». Así lo cree el neurólogo Gurutz Linazasoro, quien considera que «un robot, por muy sofisticado que resulte, no es como un ser humano y no está preparado para cumplir los dos objetivos principales de las relaciones interpersonales: la supervivencia y la reproducción». Por eso, y teniendo en cuenta que «un robot cuanto más se parece al ser humano, más repelús despierta», la ingeniería no podrá despertar en nuestro cerebro un grado de afectividad similar al de una persona. «A menos que con el tiempo surjan cambios adaptativos en el funcionamiento neurológico», remata.
Retomando la pregunta inicial, y a modo de conclusión, nuestros especialistas rechazan la tesis de que pueda existir un algoritmo matemático que garantice la compatibilidad entre dos personas. Linazasoro remarca que existen «miles de explicaciones aleatorias y estudios 'pillados por los pelos', pero sin ninguna base biológica concluyente que llegue a convencerme mínimamente».
gurutz linazasoro
Peters, por su parte, cree que un algoritmo «ayuda a identificar intereses, hobbies y pasiones comunes», pero, añade, «son las conversaciones, las citas y los pasos siguientes los que realmente decidirán la compatibilidad», una opinión que comparte Berdún, quien afirma que «la compatibilidad la maneja la propia pareja con su relación y su vida, día a día, en común».
El hombre es un ser social por naturaleza», enunció Aristóteles más de una veintena de siglos atrás y la ciencia le ha dado la razón. Y es que el cerebro del ser humano sufrió un cambio sustancial con la sedentarización y su consecuente convivencia en grupos mayores regida por normas.
El cerebro humano, con 86.000 millones de neuronas -16.000 millones de ellas en la corteza cerebral- y conteniendo el 85% de los genes que conforman el genoma de una persona, es, «en proporción, más grande que el de otros animales, debido a que dirige unas funciones y habilidades mucho más complejas y sofisticadas, como es el caso de la relación social», explica Gurutz Linazasoro. El neurólogo puntualiza que este mayor desarrollo se concentra en la parte frontal del cerebro y sus conexiones, lo que se denomina el cerebro social. Esa parte es «la encargada de dirigir la capacidad de relación social, la más maleable y donde menos genes se expresan, por lo que es la más variable de un ser humano a otro y donde más va a incidir cualquier innovación tecnológica que derive en un cambio social o cultural».
Esa modificación en el cerebro social no es perceptible a la vista, pues «la diferencia no es estructural, sino de funcionamiento». Así, una personalidad social o individualista «se reflejará en una mayor o menor activación del cerebro social, lo que llevado al extremo, puede derivar en patologías que se manifiestan en la dificultad para la socialización. Y que, en función de su grado y causa, se pueden tratar trabajando ese cerebro social».
Pero, ¿qué pasa en nuestra cabeza cuando nos relacionamos? La explicación no es sencilla, pero puede resumirse en que «la respuesta a un contacto entre personas dependerá, más que del estímulo en sí, del contexto en el que se produzca». Por ello, que el primer contacto entre dos personas sea presencial o virtual va a «influir muchísimo» en las emociones y la afectividad que en consecuencia se desarrolle. En ese sentido, lo que sí está claro es que el flechazo no existe, o que se justifica por el 'efecto halo', «un fenómeno psicológico, subconsciente, autómatico y emocional por el que el ser humano atribuye y asigna cualidades positivas a las personas que destacan en algo».
Lo que no va a alterar la llegada de la tecnología y las redes sociales, y su consecuente ampliación del catálogo de contactos, es la teoría de Dunbar, que establece en 150 «el número de relaciones de amistad, más o menos estrechas, que el cerebro humano es capaz de gestionar». Es un límite «muy estudiado en diversos grupos y que no ha cambiado, ni cambiará, con el paso del tiempo».
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