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Objetivo cumplido. Tras dos horas de paseo, llegamos a casa exhaustos. Tomamos aire, nos echamos en el sofá y aprovechamos a consultar la actividad en ... nuestro smartwatch: 13.504 pasos -indica- para casi 10 kilómetros recorridos. «No está mal, pero muy pocos me parecen», pensamos extrañados en vista del paso ligero al que hemos ido. Curiosamente, nuestro ritmo cardíaco señala unos excelentes 65 ppm, mientras que la medición de oxígeno en sangre (spO2) nos marca un preocupante 91%. ¿Debemos ir a Urgencias? ¿O es que nuestro reloj inteligente vuelve a hacer de las suyas? Y es que aún seguimos con la mosca detrás de la oreja porque sigue negándose a detectar el momento de la siesta…
«Las mediciones que registran las pulseras y relojes inteligentes no son exactas -aclara Marcos Llorente, responsable del Laboratorio de Ingeniería Médica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra-. Es más, el margen de error puede variar mucho y ser grande: depende del parámetro que mida, la tecnología usada, el algoritmo que analiza los datos e incluso cómo se encuentra colocado».
En este aspecto, es fácil caer en la tentación de pensar que el precio del smartwatch es el que determina la precisión y que, por tanto, los dispositivos más caros serán más exactos. «Pueden incluir mejores componentes que realicen mediciones más concretas. También es muy importante el algoritmo que procesa esas mediciones, que a su vez también requiere de un desarrollo y testeo, lo que tiene su consiguiente impacto en el precio final. Pero hay equipos de 250 euros que ofrecen mejores resultados que otros de 900», apunta.
Lo cierto es que con cada nueva versión estos dispositivos suelen incorporar aplicaciones más complejas. Al principio, se limitaban a contabilizar los pasos y así estimar la distancia recorrida y las calorías consumidas. Ahora, la mayoría ya registra el ritmo cardíaco, la saturación del oxígeno en sangre… y los hay que son capaces de medir hasta la cantidad de estrés. La pregunta es: ¿cómo?
El número de pasos, la utilidad más popular, se estima usando los acelerómetros de las pulseras y relojes cuantificadores: estos sensores registran los movimientos y después los algoritmos se encargan de interpretarlos. «Estos pasos no son contados, son estimados; y esto hace que no sean exactos. Seguro que tras un viaje en coche o en bici más de uno ha visto cómo su smartwatch calculaba pasos… cuando en realidad no se habían producido», precisa Marcos Llorente. Por no hablar de que trucar la cantidad de pasos es tan fácil como mover el brazo con una cadencia similar a la de la marcha…
¿Y cómo distingue entre uno u otro deporte? Fácil. Normalmente el dispositivo no detecta la actividad, sino que es el usuario quien lo selecciona. «En algunos casos el dispositivo sugiere comenzar un entreno basándose en información previa. ¿Un ejemplo? Si sueles salir a correr a una hora determinada y en una localización concreta, cuando el dispositivo detecta un aumento de la frecuencia cardiaca y una velocidad similar a la de correr, estima que efectivamente estás corriendo y lo sugiere». Otra cosa es que muchos modelos ofrezcan el seguimiento de actividades deportivas, que el propio usuario tiene opción de elegir previamente.
En el caso de la frecuencia cardíaca entran en acción uno o varios LEDS, junto a otros fotorreceptores. «Estos LEDs emiten una luz (de una longitud de onda específica), la piel la absorbe en mayor o menor grado y, por consiguiente, el fotorreceptor detecta la variación. Con esta medición y un algoritmo que la procese se determina la frecuencia cardíaca», explica este ingeniero biomédico por Tecnun. La buena noticia es que éste es uno de los parámetros más fiables; la mala, que con una posición incorrecta deja de serlo… La saturación de oxígeno en sangre funciona de forma similar, sólo que usa LEDs que emiten luz en otro color (además de los fotorreceptores sensibles a esa luz). En este caso, la medición no suele ser muy fiable ya que «es relativamente sencillo obtener un valor por debajo de lo normal por un error en la medida».
Sea como fuere, el caso más paradigmático es el del sueño, donde el algoritmo registra patrones como un descenso de las pulsaciones, una menor frecuencia respiratoria, la disminución del movimiento… sin olvidar los ya 'aprendidos' con los hábitos del usuario en el día a día (si conecta la alarma, el uso del terminal al que están enlazados, etc.). Entonces, ¿por qué la pulsera inteligente no me detecta las horas de la siesta? «Sencillamente, no encaja en los patrones establecidos: la hora es distinta a la habitual, las pulsaciones no llegan a bajar porque no es lo suficientemente larga… y el algoritmo no la entiende como sueño o descanso nocturno», concreta.
Con todo, ¿las mediciones de los relojes y pulseras inteligentes tienen algún valor médico real? «Ninguno. Son equipos de consumo, no productos médicos y sólo deben tomarse como estimaciones de los valores reales para orientar al usuario. Aunque, afortunadamente, cada vez son más precisas y aportan una información más relevante».
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