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ARANTZA G. EGAÑA
Domingo, 29 de julio 2012, 11:35
Esta entrevista es el resultado de un amplio cuestionario preparado hace dos meses, que Carmen Gisasola ha respondido en la cárcel sometiendo sus reflexiones al contraste con los miembros del 'Colectivo de Presos Comprometidos con el irreversible proceso de paz', lo que se ha dado en llamar la 'vía Nanclares'. A través de las preguntas, varias de las cuales se han quedado en el tintero, Gisasola (Markina, 1958) incide en la revisión «crítica» del pasado en ETA, en la que llegó a estar al frente de los 'comandos liberados' y de la que fue expulsada en vísperas de la tregua de 1998 por su desmarque del terrorismo. Ella y sus compañeros hacen extensiva hoy su censura a la actitud de la izquierda aber-tzale, a la que piden «sensatez» sobre el futuro de los presos.
-¿Por qué entró en ETA?
-Porque en aquel contexto del final del franquismo me parecía que ETA representaba la única opción para conseguir unas reivindicaciones que considerábamos justas y que se nos negaban, porque la represión no terminó con el franquismo. Y en el entorno social en el que vivía, ETA tenía una legitimidad que poca gente ponía en cuestión.
-¿Aquella decisión fue un error?
-Pienso que en aquellas circunstancias hicimos lo que pensábamos que teníamos que hacer. Considerábamos que implicarnos nosotros mismos era ser consecuentes con lo que pensábamos. Visto desde ahora, con lo que ahora sabemos, con el desengaño que nos hemos llevado ante la mentalidad que se genera en torno a la utilización de la violencia y las consecuencias que ello supone para quienes la sufren, por supuesto que nos cuestionamos esa decisión.
-¿Cuándo comenzó a tomar conciencia de ello?
-Después del fracaso de las negociaciones de Argel, viviendo en la clandestinidad, nos dimos cuenta de la reacción de la gente que hasta entonces nos apoyaba. Nos cuestionaban y se les hacía cada vez más difícil abrirnos las puertas de sus casas.
-Para la mayoría de sus conciudadanos, es muy difícil comprender que personas como usted recurrieran a la violencia y que luego tardaran tanto en alejarse de ella.
-Pero nosotros lo vivíamos de manera diferente, te sientes metido en una dinámica en la que la solución de los problemas -no solo los políticos sino también los de tus compañeros presos, de los propios militantes- solo los imaginabas a través de una negociación. Y si no pudo ser en Argel en el 89 había que intentarlo para el 92, y así sucesivamente. En esa dinámica desmarcarse no es fácil. Así y todo, nosotros llevamos ya muchos años planteando a nivel interno lo que ahora decimos públicamente.
-¿Cómo articuló esa reflexión? Si tuviera que contar ese tránsito vital, ¿cómo lo describiría?
-Mis primeras reflexiones maduraron estando en la cárcel en Francia, donde conocí a una militante del IRA y a otra militante de las Brigadas Rojas. Con ellas tuve oportunidad de hablar mucho, de conocer lo que pensaban, de compartir nuestras experiencias, nuestras dudas, y todo aquello me sirvió para analizar nuestra propia situación. Me di cuenta de que en Irlanda ya habían hecho la reflexión de poner fin al ciclo armado en la década de los 80 y que nosotros estábamos a años luz de incluso plantear cualquier reflexión fuera de la estrategia de la lucha armada.
-¿Cómo se interioriza el daño causado? ¿Es posible volver a empezar una vez se asume el sufrimiento provocado a otro ser humano?
-No nos lo planteamos como un volver a empezar, como si solo a partir de un momento hubiéramos sido conscientes del sufrimiento que provocábamos. Antes también éramos conscientes de ello, pero lo considerábamos un mal necesario, el único medio para conseguir unos objetivos que considerábamos justos. Es cierto que ese sufrimiento lo vivíamos de manera diferente según los casos, según el cargo o el papel que representaba la persona afectada. Y éramos más conscientes en la medida en que detrás del afectado surgía la parte personal. Ahora es ese punto de vista personal, humano, el que más me importa.
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