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La separación de Valle-Inclán. Infidelidades, celos y una sentencia que hizo historia

Un 'divorcio' de escándalo

La separación de Valle-Inclán. Infidelidades, celos y una sentencia que hizo historia

Josefina Blanco y Ramón del Valle-Inclán con una de sus hijas | Foto: José Luis Demaría López (Campúa). Archivo Digital Valle-Inclán

La separación legal entre Ramón del Valle-Inclán y la actriz Josefina Blanco fue muy sonada. A ella la defendió Clara Campoamor y ganó el pleito. La sentencia hablaba de conducta inmoral e infidelidades del escritor. Ahora, un libro aporta una nueva versión de una ruptura que aún da para la polémica.

Viernes, 22 de Marzo 2024

Tiempo de lectura: 5 min

Se conocieron en una tertulia en casa de los actores María Tubau y Ceferino Palencia. Ella tenía 18 años y era actriz de cierto éxito; él, 13 años mayor, «ya había corrido fantásticas aventuras en México y era admirado en Madrid como un exótico autor», dice la escritora Isabel Lizarraga.

Él ya había publicado sus Sonatas y con su aspecto poco convencional (aunque todavía no había perdido el brazo derecho a raíz de una pelea), con su barba larga, sus gafas redondas y su verbo brillante, era el centro habitual de las tertulias. Primero fueron amigos; luego, cuando ella perdió a su tía y mentora, la actriz Concha Suárez, él se convirtió en su protector y consejero. Cuando se casaron, en 1907, ella estaba ya embarazada; ambos habían participado en la misma tournée teatral y, como dice Isabel Lizarraga, «el mundo de la farándula era alborozado y atrevido».

Así comenzó la historia de amor entre la actriz Josefina Blanco y el escritor Ramón María del Valle-Inclán. Luego llegó el desamor y el enfrentamiento: su separación legal (no fue divorcio porque Josefina, muy católica, no lo quiso) fue una de las primeras tras la aprobación del divorcio en España en 1932. Su caso fue muy sonado. Alimentó titulares y chismes en tertulias y cafés y todavía da que hablar: ahora es el tema de la novela de Isabel Lizarraga Josefina, Valle-Inclán y su pleito de amor (Espuela de Plata).

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La lucha por los hijos. En la sentencia de separación legal (no fue divorcio porque Josefina Blanco era muy católica y no quiso) le dieron a ella la custodia de los hijos. Valle-Inclán era un padre muy cariñoso. Aquí posa con sus cuatro hijos menores durante una entrevista con ABC. | Archivo ABC.

El pleito de amor no resultó fácil. «La separación fue compleja, fue como un episodio oscuro que la familia protegió», cuenta Margarita Santos, directora de la Cátedra Valle-Inclán de la Universidad de Santiago de Compostela.

Infidelidades y sacrificios

«Valle-Inclán no era un marido muy recomendable. A Josefina la apartó de su trabajo, intervino para que dejara varias compañías», cuenta Isabel Lizarraga. «Josefina impulsó su obra y, cuando se rebeló, él le dio la patada y la quiso dejar sin nada», añade. En su libro se dice que le traspasa los derechos de Divinas palabras a su amigo Cipriano Rivas Cherif para no pagar a Josefina. «Era buen padre, pero era un genio sin límites, y los genios no son agradecidos», afirma Isabel Lizarraga.

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Su profesión. Ya casada con Valle-Inclán, Josefina Blanco renunció un tiempo a su carrera de actriz, que retomaría en 1918 con Santa Juana de Castilla, de Benito Pérez Galdós, en el Teatro de la Princesa, junto a Margarita Xirgu. Tras iniciar los trámites de su separación, trabajó en el Teatro de la Comedia hasta el inicio de la Guerra Civil.

Tras 25 años juntos y seis hijos (el primer varón, Joaquín María, murió de bebé en 1914), el matrimonio se rompió envuelto en una agria trifulca. Josefina Blanco alegaba que había sacrificado su carrera de actriz por la familia, que había contribuido a la carrera literaria de su marido: ella recogía las cuartillas de cada día, las descifraba, corregía, enviaba pruebas a la imprenta y ejercía de secretaria, además de asumir el papel de madre, esposa y ama de casa, mientras Valle-Inclán se lucía en tertulias, viajaba, conferenciaba y coqueteaba con otras, como la joven argentina Lucía Díez o la bailarina Tórtola Valencia. Eso refleja la novela de Isabel Lizarraga. Josefina aparece como una mujer herida, como la sufriente y opacada esposa del genio que «entregó sus ilusiones a cambio del prestigio de su marido».

¿Es cierto? Lo es que dejó su carrera, pero en entrevistas con Carmen de Burgos (Colombine), Margarita Nelken o Paulino Masip se muestra encantada de haberlo hecho. También es verdad que –igual que otras mujeres de escritores– ayudó a su marido a transcribir, corregir y lidiar con editores e imprentas (Valle-Inclán se editó a sí mismo en varias ocasiones). Respecto a las infidelidades, «no hay pruebas», dice Margarita Santos.

¿Fue Josefina una celosa patológica? «Eso creen los exégetas de Valle-Inclán. Le echan la culpa a ella, dicen que era una histérica. En mi novela doy la versión de Josefina, que no se había dado», cuenta Isabel Lizarraga. Los compañeros de tertulias del escritor, como Luis Ruiz Contreras, pintan a su mujer de celosa loca. Sin embargo, el pleito de la separación lo ganó ella. Y no era habitual en esa época que se diera razón a la esposa y se le concediera la custodia de los hijos mayores de 5 años.

El mérito corresponde a Clara Campoamor, abogada de Josefina, diputada del Partido Radical y una de las impulsoras de la Ley española de Divorcio de 1932. La sentencia, del 1 de diciembre de aquel año, «declara culpable al marido, don Ramón Valle Peña (nombre real del escritor), quedando los hijos menores en poder de la madre, a quien expresamente se la declara cónyuge inocente». Y no solo eso: a Valle-Inclán, que no se presentó en la vista (celebrada a puerta cerrada), se lo condena al pago de las costas y a que «se siga lo dispuesto en la ley respecto a la separación de bienes». La sentencia se pone de parte de Josefina «por haber concurrido las causas de separación cuarta y octava del artículo 3.º de la ley de 2 de marzo de 1932». La causa cuarta es «el desamparo de la familia, sin justificación». Y la octava, «la violación de alguno de los deberes que impone el matrimonio y la conducta inmoral o deshonrosa de uno de los cónyuges».

«No era un marido recomendable. A su mujer la apartó de su trabajo. Los genios no son agradecidos», dice Isabel Lizarraga

Valle-Inclán no lo acató. Meses después lo nombraron director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma y allí se fue con los tres hijos pequeños: la mayor, Concha, ya estaba casada; y Carlos, el segundo, estudiaba interno. Las quejas y demandas de Josefina no cesaron: reclamaba a los niños y el dinero. Pero reconocía, eso sí, que el escritor era un padre cariñoso. «Valle-Inclán potenció el desarrollo de una máscara que protegía su personalidad. Era muy celoso de su intimidad. Como dijo Manuel Azaña, tenía muchas máscaras», cuenta Margarita Santos.

Su nieto Joaquín Valle-Inclán también ha declarado que la imagen externa de su abuelo no se corresponde con la realidad: que no era pobre ni de izquierdas ni huraño. Sino un carlista convencido, sociable y católico, aunque poco ortodoxo. «Ocultaba su vida privada tras sus boutades y acciones histriónicas –cuenta Margarita Santos–. Era muy culto, un brillante conversador, gran lector, un renovador del teatro y la narrativa, un adelantado a su tiempo y un crítico de arte respetado y temido, en sus casas había cuadros de Romero de Torres y de Zuloaga y muebles delicados».

Las casas (vivieron en Madrid, Galicia y Navarra) se desmantelaron con la ruptura. Poco tiempo estuvo separada Josefina: Valle-Inclán murió en enero de 1936. Pasó a ser su viuda y se ocupó de editar, compilar, controlar y cobrar por los derechos de la obra del escritor hasta su muerte, en 1957.

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