
Gorka Hermosa: «Iparragirre era una especie de Elvis Presley de la época»
Acordeonista y compositor ·
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Acordeonista y compositor ·
El acordeonista avanzará hoy fragmentos de 'Urretxutik mundura', la obra que celebra los 200 años del nacimiento de José María IparragirreGorka Hermosa nació en 1976 en la calle Iparragirre de Urretxu, así que en cierto modo estaba predestinado a viajar por el mundo con su ... música. «De niños jugábamos a darle con el balón a la cabeza de su estatua», bromea en conversación telefónica desde su domicilio en Santander. El internacional acordeonista rendirá este mediodía homenaje al bardo Iparragirre, justo en el día en que se cumplen 200 años de su nacimiento.
– ¿Cómo definiría la importancia de Iparragirre en la cultura vasca?
– Para empezar, diría que cualquiera de nosotros conoce diez o quince melodías de Iparragirre aunque no sepa que él es el autor. ¡A ver cuántos bardos de Francia, EEUU o Alemania del siglo XIX pueden decir lo mismo! Es muy difícil conseguir lo que él hizo con una música que te remueve completamente y con esas melodías tan bien construidas que llegan al alma: por eso se han mantenido durante más de 150 años.
– ¿No hay, por tanto, muchos equivalentes?
– Hay nombres importantes. Iparragirre nació a principios del Romanticismo, época en la que estaban también Paganini, que recorría los pueblos con su violín, o Liszt, un revolucionario del piano en la época de la exacerbación de la pasión. En un contexto en el que se empezó a dar valor al folklore y a la música popular, Iparragirre ensalzó su tierra, los sentimientos… Era un buscavidas, un auténtico bohemio que empezó a utilizar la guitarra española como se usa hoy. Bardos ha habido muchos, pero la música de la mayoría se ha ido diluyendo mientras que la de Iparragirre perdura.
– El difunto Patxi Andion, que le dedicó un disco en los 70, le consideraba una especie de precursor de la figura del cantautor.
– Es que a veces se ha caído en el localismo a la hora de ensalzar su valor respecto al euskera cuando, si lo miras con detenimiento, no hay muchos personajes así. Salvando las distancias, Iparragirre era el Elvis Presley de la época, un auténtico rompedor, alguien que dio a la guitarra un desarrollo increíble en aquella época: con cuatro o cinco posturas, demostró que uno podía acompañarse a sí mismo, algo que antes no era tan fácil o popular. Además, tenía una voz con muchísima personalidad y que embaucaba a todo el mundo. Si es verdad lo que cuentan las crónicas, subió a la piedra de Urkiola y tocó para 6.000 personas él solo sin amplificación. Era un derroche de carácter y carisma.
– ¿Qué tipo de homenaje ha preparado?
– 'Urretxutik mundura' es una suite orquestal con seis movimientos pensados para acordeón, orquesta y coro que mezclan piezas mías con canciones de Iparragirre que reinterpreto de diferente manera. La estrenaré al completo con toda la formación el 12 de septiembre en la plaza de la Trinidad, pero el miércoles [por hoy] actuaré yo en solitario y mostraré un avance acompañado por el bertsolari Jon Maia. Siempre había tenido en mente hacer algo con alguien tan apasionante, así que he buscado paralelismos entre Iparragirre y yo sin olvidar que él es un personaje universal, y yo un simple acordeonista. Pero salvando las distancias, y aunque nuestros estilos musicales sean muy diferentes, nuestras vidas se parecen: ambos nacimos en Urretxu, la música nos ha llevado por todo el mundo, él acabó en el pueblo y a mí me gustaría acabar allí algún día…
– El homenaje de hoy sirve, según el Ayuntamiento, para «reivindicar la memoria de Iparragirre como uno de los músicos vascos más universales». ¿Se le debería tener más en cuenta?
– Es complicado explicarlo, pero mi sensación es que, durante un tiempo, el nacionalismo vasco se apropió de su figura cuando él era tremendamente universal. Se consideraba muy amante de lo vasco y de los fueros, sí, pero era 'prenacionalista' porque cuando él cantaba aún faltaban años para el asentamiento del nacionalismo en Europa a finales del siglo XIX. De niño yo sentía que debía hacer algo con su obra, pero a veces lo identificaba con una idea casposa. Sin embargo, cuanto más le he ido conociendo más me he dado cuenta de su importancia y, ahora que me he despojado de cualquier prejuicio, me gustaría tocar esta obra en muchos formatos y durante muchos años.
– Hoy en Pamplona se firma un manifiesto para la recuperación de 'Gernikako arbola' como «símbolo e himno de Euskal Herria-Vasconia». ¿Por qué lo firma usted junto a 40 artistas entre quienes hay cantantes, txistularis, rockeros y raperas?
– No es por nada político, sino por algo muy llano, muy de corazón. Quizá durante la Transición hubo que poner himno a muchas cosas y, en ocasiones, se hizo fríamente. Hay mucha gente, y aquí sucede también, que no sabe cuál es el himno de su autonomía y, en cambio, escucha otras canciones que le ponen la piel de gallina y les une a un sentimiento común. Es exactamente lo que ocurre con 'Gernikako arbola'.
– O con 'Txoria txori' o incluso con 'Lau teilatu', que a veces parecen himnos oficiosos.
– Esas dos son canciones, y entre himno y canción hay una diferencia sutil.
– ¿Pero por qué es mejor 'Gernikako arbola' que 'Gora ta gora', que antes de ser el himno oficial del País Vasco lo fue del PNV? ¿Por la melodía? ¿Por qué no es partidista? ¿Por ambas cosas?
– Yo no soy político y en cuestiones musicales apelo a aquello que me pone los pelos de punta. Sólo te puedo responder que es una cuestión de sentimiento, nada más y nada menos.
– Entonces le preguntaré qué arreglos haría para 'Gernikako arbola' si hubiera consenso para convertirlo en himno oficial.
– Es que yo siempre intento tocar las cosas al revés de como son. Casi nunca hago versiones, pero cuando me animo, cambio la composición entera, nunca la toco como es, así que igual el 'Gernikako arbola' lo haría como una bulería, un tango o, qué sé yo, como un reggaeton. De cualquier forma menos como es.
– El 16 de mayo iba a presentar su nuevo disco, 'Gorka Hermosa & Blanchard Strings', en la sede de la Orquesta Filarmónica de Berlín, pero la pandemia dio al traste con los planes.
– Después de tantos años de trabajo, aquello no se podía quedar así y decidimos publicarlo gratuitamente durante el confinamiento en plataformas digitales. No pensaba que iba a tener mucho recorrido, pero hemos salido en cantidad de medios y diría que ha tenido más repercusión que ningún otro disco mío anterior. Para mí es importantísimo porque este álbum y otro que quiero lanzar en otoño son los discos que quería grabar antes de morirme.
– ¿Por qué son tan importantes?
– Porque lo veía como un gran punto de inflexión en mi carrera. A veces, entre lo urgente y lo importante, elegimos lo urgente y yo me sentía en un momento en que igual no estaba haciendo exactamente lo que quería. En los últimos años mis obras de acordeón con arreglos orquestales se tocan en todo el mundo, a veces interpretadas por acordeonistas mucho mejores que yo, o suenan en concursos. Todo eso es maravilloso, pero me faltaba grabarlas a mí. Son discos más íntimos y más míos como compositor, porque habitualmente publico trabajos en los que mi papel es básicamente la interpretación.
– Ahora el problema es tocar con tanto aplazamiento. Su concierto de Berlín tendrá que esperar a 2021.
– Sí, la situación es muy provisional. Este año iba a ir a ocho o nueve países y al final estoy actuando en un radio de 200 kilómetros a la redonda.
– ¿Qué tal le fue impartiendo clases 'online' en el Conservatorio de Santander?
– Bueno, es una herramienta que será muy útil en el futuro y que ha llegado para quedarse, pero no hay nada como el vis a vis, ver la cara de los alumnos, escucharnos sin necesitar una pantalla y un micrófono… Con la comunicación online es más difícil mantener la chispa y la ilusión de los chavales porque sólo es una imitación de la vida real, aunque es muchísimo mejor esto que no poder organizar nada.
– Lo mismo sucede con los conciertos con mascarilla, distancia social, etc.
– Los conciertos durante la pandemia son sucedáneos de lo que eran, salvando las distancias, son como el fútbol sin público. En una actuación irradias una energía, un sentimiento del que la gente se va empapando y, a medida que avanza, se vuelve más cálido y mas cálido. Normalmente, lo más bonito son las últimas piezas en las que el suflé sube una barbaridad. Ahora tocas, la gente aplaude, pero el suflé no sube… En fin. Es mejor que nada, pero no es lo mismo.
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