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Hace cuatro años que el volumen de turistas empezó a dispararse en la capital guipuzcoana y a su vez empezaron a asomar rumores de que algunos establecimientos hosteleros aplicaban tarifas diferentes a los clientes extranjeros y a los locales. Desde entonces, las quejas en este sentido han sido cada vez más notables, si bien muchas no llegaban a trascender. Ya fueran turistas, extranjeros que llevan años residiendo en San Sebastián o donostiarras que tienen en su entorno más cercano a foráneos, empezaron a trasladar que en más de una ocasión habían sido testigos de cierta discriminación en el precio si el que pedía la ronda era extranjero en lugar de autóctono.
Es una práctica compleja de demostrar y fácilmente justificable bajo la premisa del descuido, pero si el cliente lo pasa por alto, la suma de esos pocos céntimos 'extra' puede llegar a suponer una cuantía importante, sobre todo teniendo en cuenta que el 80% de los consumidores de estos establecimientos en los meses de temporada alta son turistas y excursionistas.
Para comprobar si en los bares de la Parte Vieja de San Sebastián la tarifa varía en función de la procedencia del cliente –una falta leve que puede acarrear una sanción de hasta 25.000 euros–, El Diario Vasco ha realizado dos 'mystery shopping' y ha acompañado en dos tardes de pintxos a dos parejas, una compuesta por dos mujeres donostiarras y la otra, por dos extranjeras. Todas rondan la treintena. Las cuatro visitaron siete establecimientos de manera aleatoria el 12 de septiembre y el pasado día 11 de octubre. Entraban a la vez, pedían exactamente lo mismo y se procedía a la comprobación de los tickets en cuanto terminaban su consumición.
Si bien la muestra puede no resultar del todo representativa teniendo en cuenta que esta zona de la ciudad congrega 200 locales, la proporción que arroja el resultado habla por sí misma: las extranjeras pagaron más en cinco de los siete bares. Las supuestas turistas pagaron 47,80 euros en total, mientras que por las mismas consumiciones las dos autóctonas abonaron 39,7.
Las fórmulas utilizadas varían en función del bar, aunque el caso más indiscutible fue el del Beti Jai, situado en la calle Fermín Calbetón. Las donostiarras hablan: «Aupa, bi kroketa eta bi zurito, mesedez». El camarero saca el ticket. Les cobra por cada zurito 1,60 euros y 2,20 por cada croqueta. Mientras tanto, las dos extranjeras recorren indecisas la barra del bar. Se deciden por lo mismo y aunque llevan años residiendo en Donostia, hacen el pedido forzando esa pronunciación de quien apenas sabe decir dos palabras en castellano. A ellas, el zurito les cuesta 2,20 euros y cada croqueta 2,70. Es decir, el mismo pedido es 2,20 euros más caro para ellas.
En el Nagusia Lau, de la calle Mayor y perteneciente al mismo grupo que el establecimiento anterior, vuelve a quedar constancia del cobro diferenciado. En este caso, ese plus solo se le aplica a la bebida, y las supuestas turistas terminan pagando 20 céntimos más por cada zurito.
No obstante, si por algún motivo queda evidenciada la intencionalidad en ambos casos es porque en el ticket que reciben las extranjeras aparece la siguiente frase: «No sirve de factura».
El cargo extra en los pintxos se tuvo que abonar en el Ttun Ttun, histórico bar de copas de la calle San Jerónimo reconvertido en uno de pintxos. Las donostiarras abonaron por un mini de bonito con guindilla y uno de txatka 2 euros por cada uno, mientras que a las dos foráneas les cobraron 2,50 euros por unidad.
Otro baile de cifras se dio en Casa Alcalde, de la calle Mayor, donde los mismos pintxos –pimientos del padrón y un pintxo de jamón con champiñón–, pasaron de costar 2,50 euros cada uno, a 2,50 euros uno y 3 euros el otro en el caso de las 'turistas'. Un hecho, a su vez, difícilmente demostrable, teniendo en cuenta que en el ticket únicamente consta el concepto 'pintxo'.
25.000 euros Esta práctica de cobrar de manera diferenciada en función del perfil del cliente, se considera una falta leve y puede acarrear al establecimiento hostelero en cuestión una sanción que puede ascender a los 25.000 euros.
En ese juego de ambigüedades entran también las bebidas y concretamente, la cerveza. Las dos extranjeras pidieron un zurito y tanto en Casa Tiburcio, de Fermín Calbetón, como en una segunda visita a Casa Alcalde, les sirvieron una caña –en el primer bar en copa– y les cobraron a precio de 'cañón' (caña más grande en vaso de sidra).
Tras una campaña de inspección realizada por Kontsumobide a principios de verano, el Instituto Vasco de Consumo y las distintas asociaciones vascas de hostelería sacaron una guía de buenas prácticas entre las que destacaban que el precio de los productos debe estar expuesto, que se debe facilitar la información sobre los precios de la comida y de la bebida, que los precios deben mostrarse con IVA incluido y que las siglas S.P.M. (según precio de mercado) ya no son una opción en las cartas de los restaurantes. Asimismo, señalaban que los posibles extras o suplementos –como las consumiciones en terraza, el pan...– deben aparecer en la carta, en la lista de precios o en otro lugar visible.
Estas medidas dificultarían el engaño a los clientes. Así lo ve un donostiarra que lleva alrededor de una década trabajando en diferentes establecimientos hosteleros de la Parte Vieja, pero que prefiere no revelar su identidad. «Estos timos se dan sobre todo en los bares que no tienen la lista de precios expuesta», y advierte de que en algún bar «tienen hasta cuatro formas de cobro en función de si eres local, local premium, extranjero o extranjero con pinta de tener dinero».
Confiesa que le «indignaría» que le pidieran cobrar una tarifa diferente en función de la procedencia del cliente y asegura conocer a compañeros de profesión a los que sí se lo han insinuado al empezar a trabajar en algunos establecimientos de la capital guipuzcoana.
«No se dan cuenta de que están inflando los precios a los que vienen de fuera y sobre todo en las consumiciones, a las que ya se les saca un margen de beneficio importante». Pone como ejemplo el caso de la Coca-Cola, que habitualmente se cobra a 2,50 euros, cuando a los bares les cuesta «30 céntimos». «Me consta que hay muchos hosteleros muy cabreados por las malas prácticas de algunos, pero es difícil de detener», comenta.
Una pauta que sí reconoce haber realizado es que si un cliente extranjero pide un vino tinto, «por norma se sirve el caro, el de 2,50 euros, pero si el cliente es de aquí le saco el tinto del año o un crianza que es más barato. Le cobras más al turista pero porque el producto que le ofreces también es mejor», explica.
Jon y Catherine están al otro lado de la barra. El de los clientes. Él es donostiarra y ella inglesa. Este matrimonio hace tiempo que tomó la decisión de que si iban de pintxos, él llevaría la voz cantante. El primer episodio fue hace muchos años en un establecimiento del barrio de Gros. La primera ronda para la cuadrilla la pidió Jon. Catherine fue a pedir la segunda y el precio subió como la espuma. Se lo reprocharon al camarero. Mil perdones. Y ahí quedó la cosa.
Hace tres años bajaron la guardia y el episodio se volvió a repetir. Ella entró a un bar del Centro de la ciudad a pedir un crianza y le quisieron cobrar 6 euros. «Le dije al camarero –señala aún hoy visiblemente enfadada– a ver si me estaba viendo cara de 'guiri'. Llevo 14 años viviendo aquí y me cabrea muchísimo que se hagan estas cosas, porque me ha pasado varias veces».
Otro episodio le sucedió a esta pareja en una heladería, en la que además de estar los precios de los diferentes tamaños expuestos, cuando le reprocharon al trabajador que le había cobrado 3 euros por un helado de 2,10 «nos contestó, medio bromeando que le habíamos pillado, pero no nos hizo ninguna gracia».
Jon, por la parte que le toca, observa con desazón estas prácticas. Después de tantos años, dice tener asumido que cuando viene de Inglaterra su familia política, él se encarga de llevar el bote y de pedir en cada uno de los bares. «Digo 'aupa' y pido en euskera para asegurarme de que no va a haber despistes».
Antes de publicar este reportaje, este periódico se puso en contacto con los cinco establecimientos que en las dos muestras cobraron de manera diferenciada a la pareja de donostiarras y a la de extranjeras, siendo en los cinco casos, el ticket más caro el de las mujeres que se hacían pasar por turistas. La opinión de algunos de los responsables de los locales no aparecen porque quedaron a la espera de devolver la llamada y no lo hicieron.
Desde Casa Alcalde aclaran que la diferencia de precio cobrado por los pintxos –las donostiarras pagaron por cada uno 2,5 euros, mientras que las extranjeras 2,5 por uno y 3 euros, por otro– se debió en realidad a un fallo a favor de las clientas locales, a quienes les cobraron «de menos». «El pintxo de jamón con champiñón se cobra a 3 euros y no a 2,50», justifican.
En lo que respecta a la consumición, desde la gerencia del establecimiento se muestran «extrañados». En la primera de las dos visitas a Casa Alcalde, las dos extranjeras pidieron un zurito, pero el camarero que les atendió, les sirvió un vaso de sidra con cerveza hasta poco más de la mitad, y el concepto que figuró finalmente en el ticket fue de 'cañón' a un precio de 3 euros. «Es cierto que cuando los extranjeros piden una cerveza se les sirve un cañón, lleno hasta arriba, pero me extraña mucho que habiendo pedido zurito, o 'small beer' como suelen decir, les hayan puesto caña y cobrado cañón», reiteran dudosos.
En Casa Tiburcio, establecimiento en el que sucedió un hecho similar al anterior, en el que las extranjeras pidieron un zurito, les pusieron una caña en copa y les cobraron a precio de 'cañón', los responsables del establecimiento declinaron hacer declaraciones al respecto.
Este periódico trató por varios medios de ponerse en contacto con el responsable de los bares Beti Jai y Nagusia Lau, pertenecientes al mismo grupo, en los que las dos extranjeras tuvieron que pagar en total 2,60 euros de más por consumir exactamente lo mismo que las dos donostiarras. Tras transmitir a uno de los trabajadores de la empresa el motivo de la llamada, éste indicó que trasladaría el mensaje al propietario y que devolvería la llamada, pero esta no se produjo. Tras una situación similar, tampoco se pudo llegar a establecer contacto con la responsable del Ttun Ttun, pese a intentarlo en reiteradas ocasiones.
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Álvaro Soto | Madrid y Lidia Carvajal
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