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Decían los futuristas que un coche rugiendo a toda velocidad es más bello que la Victoria de Samotracia. El mundo acelera. El movimiento es el ... fin, todo está en cuestión. La Real fue al Bernabéu en busca del peligro. Le jugó al Madrid, el dueño del pasado, el club del siglo, el de la providencia, como si la tradición no significara nada y el tiempo y el espacio fueran a morir mañana. Así fue la Real al Bernabéu. A dar un salto mortal. No hay belleza sin lucha. Solo adelante, acelerar siempre, pase lo que pase.
Cuando uno acude a jugarse las cosas importantes a lugares como el Santiago Bernabéu (o a Old Trafford) es que algo va bien. La Real no se conforma con el lugar que le asignan y quiere más, lo que aboca al conflicto. A Imanol no le ha traído hasta aquí -tres semifinales de Copa, un título, cinco presencias europeas consecutivas- la defensa de una posición burguesa sino el movimiento para asaltar el puesto que ocupaban otros. El rugido de los tubos de escape.
Ese éxito ha modificado la educación sentimental del realismo, que va al Bernabéu al asalto. Forjado en las victorias, no tiene más que ventajas pero es un monstruo al que hay que dar de comer, que siempre tiene hambre. Es el mundo de hoy. Más madera, es la guerra, no parar bajo ningún concepto. La exaltación del movimiento agresivo, el insomnio febril, la carrera hacia delante, el puñetazo en la mesa. El gran triunfo de Imanol es esa mirada. Si un equipo representa el elogio de la máquina, de la ausencia de nostalgia, es el Madrid: ganar o perder, nada más. No juega en los museos. La Real quiso ser valiente. Fue un afán necesario. Bellísimo.
«Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia», dijo Scott Fitzgerald. Se equivocaba. Hubo héroes, ninguna tragedia. Sí hubo drama, pero en el mejor sentido clásico de la palabra. En el gran teatro mundial de la industria del entretenimiento posmoderna. Una derrota magnífica, aunque ninguna derrota es más bella que la victoria. Un relato épico, un viaje alucinante. Enfebrecido casi hasta la locura. Acelerar siempre, pase lo que pase. Siempre.
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