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La revancha estaba ahí. A escasos cinco minutos. Una tanda para hacer olvidar la tristeza del año pasado. La equipación más bonita, ese azul ... eléctrico precioso, para salir en una foto que hubiera sido épica. Sin embargo, el remate de un pívot disfrazado de central cercenó las opciones de volver a La Cartuja.
Álex Remiro estaba preparado, aunque enfrente hubieran estado Modric, Bellingham, Mbappé o Vinicius. El destino tenía preparada, seguro, una alegría al de Cascante y a toda la hinchada. Pero no fue posible. Los penaltis se nos escaparon de las manos.
Si ya son 'molto longos' noventa minutos en el Bernabéu, imaginen 120 más la voluntad. No está suficientemente pagado el trabajo de portero en Chamartín y más en un partido de vuelta de semifinal de Copa. 26 tiros totales, nueve ocasiones claras de gol, cuatro goles encajados y seis paradas de mérito. Los números que formó el cancerbero navarro en una noche que llevaba el marchamo de ser inolvidable.
Ya se sabe que cuando un portero visita el coliseo blanco o el campo del Barça, va a tener trabajo a destajo contra equipos que se acercan cerca de cuarenta veces al área y que chutan más de veinte veces a puerta. Si la Real estuvo viva hasta el final y cayó con las botas puestas fue gracias a las intervenciones del de Cascante.
Quizá el peor momento llegó con el 3-3, en el rato de mayor asedio merengue. Estuvo contra las cuerdas el equipo de Ancelotti que tuvo la fortuna de recortar distancias enseguida, tras el 1-3 con el gol de Bellingham y minutos después Tchouaméni remató picado un córner que le va al cuerpo a Remiro pero que no es capaz de sacárselo.
El mayor borrón del larguísimo partido de ayer, donde tuvo acciones de mucho mérito. Como la anterior a ese gol del francés, cuando posiblemente realizó la mejor parada del encuentro en una salida a los pies de Vinicius en una jugada que tuvo que ser anulada. Remiro se hizo gigante y después el balón se le cuela. Del cielo al infierno en apenas 17 segundos. La ingratitud de ser portero.
Por eso los penaltis se asomaban como la posible redención a la tanda del pasado curso contra el Mallorca, donde Remiro no pudo parar ninguno de los cinco lanzamientos de los bermellones.
Y cuando ya se vislumbraba qué cinco jugadores de la Real podían lanzar las penas máximas para llevar al equipo a Sevilla, llegó el gol de Rüdiger, que envió el balón al único sitio donde la estirada de Remiro era estéril, daba el pase al Madrid a la final sevillana e inundaba de lágrimas a los miles de aficionados blanquiazules.
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